PRENSA

Desgarra a Israel el dilema por salvar la vida de un soldado

Jerusalén – La foto de Cristina de Kirchner encabeza la tapa del diario en lengua árabe Al Quds, que leen los israelíes musulmanes y los habitantes de Cisjordania. La razón: la presidente argentina estrecha la mano de Mahmud Abás en su visita a Buenos Aires.

La noticia, tanto en los medios árabes como en los israelíes, es que el todavía jefe de la Autoridad Palestina (AP) anunció en la Argentina que no habrá una tercera intifada, lo que acerca a Israel y a los palestinos a una paz que sólo ellos parecen desear.

Abás, sin duda, se hace eco de lo que hoy siente la tantas veces mentada «calle» palestina: nadie parece dispuesto a volver a arrojar piedras contra los soldados israelíes. Gaza, gobernada por Hamás, es obviamente otra historia.

De todos modos, con ser significativo lo que dijo Abás en la Casa Rosada, hoy Israel poco menos que concentró toda su atención en lo que parece ser un inminente acuerdo para la liberación del soldado Gilad Shalit, prisionero de Hamás desde hace más de dos años, a cambio de un número todavía no revelado de terroristas palestinos. Por eso, las tapas de los principales diarios en hebreo (Haaretz, Yediot, Maariv) se ilustran con fotos de los padres y el hermano de Shalit, aguardando noticias de que su querido hijo y hermano retornará a casa tras su odisea en manos del enemigo.

¿Dónde se cruzan ambas historias? En el nombre de Maruán Barguti, uno de los terroristas que liberaría Israel a cambio de Shalit. Es que a pesar de pertenecer a Al Fatah, la misma corriente política de Abás, Barguti dijo estar dispuesto -en caso de recuperar la libertad- a hacer las paces con Hamás, contra quien Al Fatah libra una guerra con muertos y heridos de ambos lados.

Agregó, a diferencia de lo dicho por Abás, que él sí está dispuesto y a favor de mantener la «resistencia» contra Israel, léase, retomar la estrategia de los atentados terroristas.

Quizá por eso, y por la presión de grupos de padres de víctimas del terrorismo, a última hora de anoche el primer ministro Benjamín Netanyahu se encargó de enfriar las expectativas de la población israelí al declarar públicamente que «todavía no hay ningún acuerdo, y tampoco sé cuándo se alcanzará».

La sociedad israelí está dividida frente a este posible canje, tal como sucedió cuando el Gobierno de la entonces primera ministra, Tzipi Livni, cambió los cadáveres de dos soldados israelíes por un centenar de condenados por terrorismo, muchos de ellos «con las manos manchadas de sangre», como se denomina a quienes participaron u organizaron atentados en los que fallecieron ciudadanos israelíes.

En este caso sucedería algo parecido: parte de la sociedad clama por la liberación a cualquier precio de Shalit, aun cuando eso implique dejar libres a algunas de las figuras más odiadas y representativas del terrorismo; otra parte, sin animarse a afirmar abiertamente que no se debe aceptar el trueque, sostiene que si se libera a los prisioneros se le regalará una nueva victoria a Hamás (debilitando, además, a la AP del moderado Abás) y que esos mismos terroristas, una vez liberados, volverán a la actividad y serán responsables por posibles muertes de más israelíes. Y ni hablar de las manifestaciones que se producirían en Gaza y en Cisjordania, donde -tal como pasó la vez anterior- los liberados serán recibidos como héroes con toda la revulsión que esto provoca en «la calle» palestina. Como se ve, un dilema de difícil solución.

Netanyahu, sin embargo, parece no tener más dudas: habla de que «aún» no se acordó nada, y de que «no sabe cuándo» se concretará un trueque que, por estas horas, parece tan inevitable como inminente.

El sitio elegido para su declaración tampoco parece haber sido casual: lo hizo en el cuartel general de la Policía israelí, frente a centenares de hombres de las fuerzas de seguridad, pero de inmediato agregó que «el acuerdo no se hará a puertas cerradas: lo someteremos a consideración del Gobierno».

Se esperaba que el trueque pudiera concretarse antes del viernes, fecha en la que comienza una festividad religiosa musulmana, lo que demoraría la negociación final que encaró un mediador alemán en El Cairo.

Hasta donde se sabe, Israel aceptaría dejar en libertad a un primer grupo de prisioneros; en ese momento, Hamás trasladaría a Shalit a Egipto; Israel liberaría al segundo grupo (el más «pesado») y en el mismo momento, el soldado secuestrado sería llevado hacia territorio israelí.

Hace algunas horas, una delegación de altos dirigentes de Hamás voló desde la capital egipcia a Damasco para consultar cómo seguir con la negociación.